Mi culpa … es una piedra gigante, que se atraviesa en mi camino cuando logro hacerla a un lado. Es oscura, jamás irradia luz o calor, es fría como el invierno pero quema como el fuego. Cuando te acercas percibes un olor desagradable, que al inhalarlo te produce náuseas. Si la tocas acabas con las manos llenas de heridas, heridas que tardan mucho en sanar porque no sabes qué hacer para aliviarlas.
Nadie se acerca a la piedra porque nadie sabe que está ahí, así que tienes que resignarte a ser la única que la ve, y cuando por fin consigues sacarla de tu vista, pasa algo que la hace regresar y gritarte “no me he ido y no planeo hacerlo”, porque claro, la piedra tiene voz, es un objeto inanimado que nunca se calla, jamás se cansa de murmurar que sigue ahí, pendiente de los altibajos. Es como un niño asustado en una montaña rusa, cuando va subiendo está callado, pero cuando llega la hora de la bajada es imposible hacer que guarde silencio; sus gritos son más fuertes que el sonido del entorno.
La piedra es también una canción, una poesía. Cuando quiere enseñar su lado bonito, lo hace con toda la disposición, porque dentro de tanta oscuridad se esconde una pequeña lucecita que permite que las palabras que no encuentran el camino hacia mi boca, lo encuentren hacia mis manos, uniendo frases que en mi mente no tienen sentido, pero que al plasmarlas en una hoja, logran expresar exactamente lo que siento. Como ahora, que creí que las palabras jamás fluirían pero lo hicieron.
08 mayo 2012
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